Dejarse ser, implica también morir un poco. Dejar en el vacío algo de lo que hemos sido. No es olvidar, ni guardar en los rincones, tristes sombras de un pasado bastante cercano.
Dejarse, es soltarse. Absorber con ganas la sorpresa de nuestro pensamiento intrépido. Ser, es ser lo que somos, pero mas libres. Intentar ser, implica tener miedo. Tener miedo, pero no huir de las ganas de nuestros sentimientos.
Cansarse del presente que nos convoca y en lo que nos ha convertido, no alcanza. Hay que tomar decisiones. Decisiones, que pueden y deben variar. No es necesario crear una falsa libertad, consumida por exigencias y demandas de tiempos y situaciones. Decisiones que nos dejen descubrir los días, días que pueden ser nuestros últimos días.
Descubrir caminos que ya habíamos recorrido. Quedarse en lugares lejanos, perdidos en la indiferencia de los demás, pero mágicos a su manera. Irse y volver, a donde sea. Sin reproches, sin penas ni glorias; solo con la seguridad de que lo hemos intentado. Solo con la seguridad de saber, que en años no nos estaremos preguntando, que hubiese pasado si....
¿Y cuánto hay que volver para dejar de ser?
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