Caminar por esta ciudad es como oler mi infancia, pero al mismo tiempo, tocar mi presente y desearme en futuro. Las tardes por el bajo, son las mejores fotografías que mi cabeza despierta puede regalarme en los momentos de llanto. El olor a río y a tierra mojada los domingos cuando llueve, son la mejor compañía que puedo buscar en soledad. Esa callecita empinada que guarda en la cima esa casa que por antigua, fue descartada, desvalorizando así el tesoro más preciado que teníamos: El Misterio. Esa casa despertaba tanto en mí, como en mis amigos la curiosidad, las ansías de encontrar dentro de lo conocido una aventura. Era casi religioso cuando teníamos 10, 12 y hasta 17 años caminar hasta ese lugar ( lo que para nosotros parecía una caminata eterna) e intentar entrar. Subir por los muros empedrados, tocar el pasto, pasar el alambrado, divisar las torres, escalar como buenos deportistas que intentábamos ser, esas lomas, que a nuestros inmaduros ojos, les parecían montañas, era lo más parecido que encontrábamos a un momento épico, lleno de adrenalina y coraje. Todos soñábamos con encontrar fantasmas, espíritus oro, brujas, ahí en la casa "De los Costa". Así se pasaba nuestra infancia, así nos pasábamos nosotros, así me pasaba yo. Es tan raro pensarse en este lugar hoy, tiene cierta magia y también cierto aburrimiento. Ese paisaje que hace años despertaba todas esas emociones, que parecía tan grande e inalcanzable, hoy se convierte en un hermoso recuerdo, pero también en un terreno diminuto. Los pies parecen estar entrenados para recorrer los mismos senderos, el ruido del tren y los humos de la polución enceguecen y encriptan mi mirada. Los sauces llorones , los tilos, los naranjos y los robles, solo calman un poco la sed de desafío, el anhelo de despertar frente a otros colores, la esperanza de caminar sin saber porque ni a donde. Despertarse y ser alguien en un lugar de pocos, es reconfortante por un tiempo, te da una base segura, lazos irrompibles que van más allá de la distancia y que te mueven a entender, que eso, la distancia, muchas veces es la excusa que otros ponen para desaparecer, que la distancia no es distancia, sino conjunción y unión más allá de los kilómetros cuando en tu mente y en tu alma esa persona lejana te abraza, como ayer, como hoy, como siempre; pero a la vez, despertarse y ser alguien en un lugar de pocos, agobia a la mente que necesita una metamorfosis, al corazón que necesita reventar para bombear de otra manera, a los pies que quieren tocar suelos desconocidos, a los ojos que necesitan un paisaje mejor. Me siento dividida, entre mis raíces
y mis ganas de cortarlas. Pero no voy a dejar que el miedo me agobie o que la seguridad me tiente, voy a despegar, voy a mudarme en paisajes nuevos, voy a tomar la ruta, llevando siempre en mi corazón esa casa y con ella todos mis afectos.

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