lunes, 25 de marzo de 2013

Otra lluvia, otro día.

"Lo que había ya pasó. Si no se forma otra, se acabaron las tormentas" dice el informe del tiempo que acabo de leer. Si uno se toma un minuto, unos minutos, un rato, para escaparse del rápido transcurrir del día, de la presión, las obligaciones, los horarios por cumplir y pone el interés en eso que puede ser cotidiano, pero que por algo a uno le llamó la atención, puede abstraerse y refugiarse un tanto en la propia mirada, en el adentro de uno,  en la soledad de nuestros pensamientos. Hoy me llamó la atención esta frase, sobre todo porque pone en juego al devenir, al azar quizá, el cambio continúo "si no se forma otra, se acabaron las tormentas". La vida a veces puede ser una tormenta, puede sorprendernos y avasallarnos sin piedad, puede estar en calma y en unos segundos rompernos lo que siempre creímos, puede quitarnos toda seguridad, toda certeza. Nada es contundente, así como en las tormentas, uno puede tener una idea semi establecida de lo que ocurre durante ellas, el rayo, el trueno, la lluvia, la obscuridad que se avecina, pero uno nunca sabe cuanto puede iluminar un rayo esta noche, cual va a ser la intensidad del trueno o la fuerza de la lluvia, eso está abierto al misterio, a lo que no se descifra hasta que ocurre, a eso que está un poco lejos y que no llegamos a ver con claridad. Mi vida es una tormenta, por suerte, porque en ella nada está dicho completamente, quiero estar abierta a eso que no sé todavía, a lo que no llega, a lo que me aturde y me pone en movimiento, a lo que me mueve a encontrar nuevos lugares en donde inventarme nuevamente. Mi vida tiene calma, como la que viene después de las tormentas, también tiene soles que me cubren del espanto inevitable, tiene nubes que a veces me enceguecen y a veces me protegen. Tengo una cierta idea de lo que mi vida es para mi hoy, pero tengo también la duda, el misterio que necesito para seguir encontrándome en cada paso del camino, para seguir buscándome, para no quedarme en este lugar en donde todas las esquinas me parecen conocidas, eso sí, nunca olvidándome de lo que queda atrás, de lo que mis pies acaban de tocar y de las risas y los abrazos de esos otros que me elevaron, que me sintieron, que me levantaron cuando yo no pude. Así sigo moviéndome entre los vientos de los días, entre las piedras, así sigo gritándole al destino, sigo asomándome entre tanto  ruido. 

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