lunes, 22 de diciembre de 2014

Indiferencia.

Desde mi conciencia demente, quisiera empezar este relato sin la nostalgia y el desgano que suelen invadir las noches del escritor sonámbulo.
Desde esa conciencia tan inconsciente quisiera no tener que escribir, porque escribir es escribirte.
Apago el cigarro robado que he fumado con fastidio, mientras se agota en la penumbra una canción agitada, en la cual siempre encuentro tu nombre. 
Procuro en mis días normales, no pensarte, mucho menos imaginarte. Me he vuelto experta en olvidar. 
He vivido un año fabuloso, en estos 356 días mi ser se ha visto convulsionado de transformaciones casi in imaginadas, he superado  obstáculos y me he descubierto en nuevas fronteras y horizontes. Y en cada uno de esos pasos he triunfado y me he sentido feliz. Estoy de apoco siendo lo que pensé que nunca iba a ser. 
Pero cuando mis días se vuelven noches, y cuando las noches se vuelven minutos inacabables, vuelve a mi memoria el sonido de tu voz. Vuelven imágenes fugaces de todo lo que hemos sido en la intimidad, lejos de los ojos curiosos de la muchedumbre. Irrumpe en mis desvelos, todo eso que no hemos sido, pero que podríamos haber sido. Bajo la luna y la duda constante de mi pensamiento, intento descifrar aquello que sentí esa tarde de verano, ahora tan lejana, casi enterrada. 
Cuando me vence el sueño, cuando se acaba el desvelo, renuncio a los intentos de encontrar certezas, de matar vacilaciones, de matarte en silencio. Me vuelvo indiferente al deseo, deseo que se esconde en mis intelecciones. Mis días vuelven a correr y a girar como las agujas del reloj, sin sobre saltos. 
Me pretendo libre, libre de vos y de nosotros. Sé que todo esto acabará, en un momento, en un instante, en ese segundo que será y llegará. Por ahora nos separo en puntos suspensivos. 

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