Y su decir, partió al medio mi tiempo y mis miedos. Fue como cerrar todas las ventanas y encontrarse a oscuras. Pánico a recordar los nombres que me habían nombrando. Tumbas que renacen en el amanecer de mi suerte. Dos voces que se contraponen y sofocan el deseo. Una voz, un susurro, la piel que palidece y que se espesa como nunca, alguien nuevo en el espejo. El aliento que derrumba mis ideas y mi cuerpo que ya no me maneja. Luces que contemplan boquiabiertas a esa mujer que renace o que nace. Miedo a cerrar los ojos y a encontrar al genocida de mi instinto. Afán de mantenerme en el desequilibrado equilibrio que me regaló alguna vez tu capricho. La torpeza de aprender a encontrarme en lo insensato, en lo inesperado. El martirio de lo que todavía no he olvidado. La libertad con la que he besado, la prisión que estoy abandonando.

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